
Introducción
La historia que voy a contar, y en la que en su principio participé de pura casualidad, sucedió en la ciudad de Rosario en 1980. Mi papel espontáneo y no planeado fue simplemente el decidir fotografiarla. Ahora, 29 años después, la historia continúa, gracias a la nueva tecnología que me permite compartirla.
El presente
Hace unos días buscando unos documentos en mi casa, descubrí una carpeta con un sobre de nylon transparente. En el sobre había muchos rollos de negativos fotográficos. Entre ellos encontré los negativos olvidados de las fotos de esta historia.

El comienzo de la historia
Era una mañana gris y fría, casi al mediodía. Yo estaba de visita en Rosario después de haber terminado mis estudios de diseño gráfico en Israel. No recuerdo los detalles, pero mi mamá recuerda que estábamos las dos caminando por calle Córdoba. Al llegar a la esquina de Córdoba y San Martín, (la esquina del Banco de la Nación), vimos que entre los carteles y los andamios de la inevitable demolición del antiguo edificio, estaba por comenzar una acción visualmente y metafóricamente surrealista: los obreros de la empresa de demolición estaban por bajar a uno de los dos angelitos que habían sido parte fiel del diseño del frente del antiguo edificio del banco. El otro ya había sido bajado.

Lo que pasaba
Había mucha gente esperando el momento. Yo no era la única en sentir que iba a ser testigo de algo transcendente. La atmósfera estaba llena de energía, entre expectativa, tristeza y curiosidad, como en un teatro público al aire libre antes de empezar una dramática función.
Lo que sentí
Como diseñadora y artista, lo visual y surrealista de la situación me atrajo por un lado, y lo potencialmente histórico y lo ético, por otro. Siempre sentí conexión con calles, esquinas y edificios viejos.
Especialmente en Rosario.

Pero lo que realmente sentí en ese momento fue algo diferente. Fue la sensación interna de una obligación. Una obligación artística. Sentí que ese acontecimiento surrealista debía ser fotografiado. En honor al edificio antiguo, en honor a los obreros y artesanos que en el pasado lejano lo construyeron, en honor a Rosario y a sus calles, en honor a los angelitos, y en honor a los obreros que en ese exacto momento cuando yo paseaba por calle Córdoba iban a cumplir cuidadosamente con la misión que se les había pedido realizar: bajar sanos y salvos a los angelitos que siempre habían sido inmóviles estatuas de bronce pero que en el corto intervalo de tiempo mientras iban a ser bajados, dejarían de ser estatuas y se convertirían temporariamente en algo vivo.
Esos angelitos bajarían a la tierra, a convivir por un tiempo con los seres humanos.

Mi cámara fotográfica
Yo no llevaba la cámara fotográfica en ese momento conmigo.
Le dije a mi mamá que quería volver a la casa a buscarla y regresar urgentemente a calle Córdoba a sacar las fotos. Tuve dudas de poder hacerlo a tiempo. No sabía cuán rápido iba a lograr traerla y si iba a alcanzar a hacerlo antes de que los bajen.*
Regresé a calle Córdoba. Yo sola con mi cámara.
Era (y sigue siendo) una Canon que mi papá me había regalado como premio a haber asistido a un curso de fotografía en el Ateneo Foto Club en el 75. Estaba cargada con un rollo en blanco y negro. La lente era de 35 mm y no tenía teleobjetivo. Yo no solía fotografiar cosas de este tipo y no estaba acostumbrada a llamar la atención en situaciones públicas.
Recuerdo la ansiedad del apuro en llegar, del haber decidido cumplir con una obligación artística no cotidiana para mí y de las dudas de lograr hacerlo.

Fotos en blanco y negro
Cuando llegué, los obreros estaban a punto de bajar al segundo angelito.
(* esto lo sé porque lo descubrí en las fotos – si es que al primer angelito lo bajaron ese mismo día y yo regresé a tiempo a fotografiar al segundo, no lo sé, ...quizás el primero bajó en días anteriores).

Empecé nerviosamente a buscar un ángulo donde ubicarme y poder enfocar lo más cerca posible al angelito a punto de bajar. No fue fácil. Había gran distancia entre el lugar donde pude ubicarme y la altura de los andamios. La cámara debía llegar al máximo de zoom, sin perder foco, y sin que me tiemble el pulso.

La gente que esperaba en la calle notó la presencia de mi cámara. El hecho de que el acontecimiento iba a ser fotografiado lo convertía en algo más dramático todavía. Hubo personas que me preguntaron si era periodista, y para cuál periódico trabajaba. También los obreros que lo bajaban al angelito notaron mi presencia, o mejor dicho la presencia de mi cámara, y como se puede ver en algunas de las fotos, sus miradas lo descubren, quizás con orgullo, o quizás con la sorpresa de que su trabajo anónimo está siendo fotografiado.

El proceso del angelito bajando… y lo que pude fotografiar de ese momento, lo dejo para que se vea en las fotos, sin palabras.
Con palabras continúo con la historia en el presente, en el momento en que encontré los negativos.

Los negativos
Cuando encontré los negativos traté de ver como habían salido las fotos.
Había 31 negativos en blanco y negro, ...no había ni impresiones ni copias. No puedo decir que los tenía olvidados. Simplemente fue una cosa más que en algún momento dejé para “después”, y nunca hice hacer copias de esos negativos. Y veintinueve años pasaron.
Sentí un poco de vergüenza por haber esperado tanto tiempo y no haber hecho nada con el tema, pero después pensé que las cosas no suceden de casualidad y que con la tecnología de hoy, iba a poder compartirlas de una forma muy diferente a lo que hubiese podido hacer en 1980.
Pensé instantáneamente en publicar las fotos en una página web o hacer un blog.
Para eso llevé a los negativos a un laboratorio a que sean escaneados digitalmente y en cuando tuve el CD en mis manos me puse a armar esta página.

La fecha de hoy:
septiembre del 2009…
¿Cuando exactamente sucedió lo que voy a contar?
En el ya lejano 1980... en algún momento entre fin de julio y principio de septiembre…
¿En donde?
en Rosario, Argentina,
en la esquina
de Córdoba y San Martín…
El tema:
angelitos, edificios,
fotos
y el pasar
del tiempo.
Entre 1980 y 2009 la tecnología cambió.
Yo también.
Al encontrar los negativos y recordar lo que había fotografiado, sentí que quería ver y compartir las fotos.
Algo así como volver atrás, echar una mirada en blanco y negro al pasado y seguir adelante.
La tecnología y la creatividad son mis aliados para que mi papel ahora sea mostrar las fotos y contar la historia.
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